Tres empates consecutivos a cero resumen mejor que cualquier estadística el momento actual de la UD Ibiza. Desde la llegada de Miguel Álvarez al banquillo, el conjunto celeste ha recuperado cierta estabilidad, ha dejado de ser el equipo más goleado del grupo y ha logrado transmitir algo de orden y coherencia en su juego. Pero el fútbol, implacable juez de lo esencial, sigue señalando la misma carencia que separa al equipo de la victoria: el gol.
En cuatro partidos de liga bajo el nuevo técnico, el Ibiza ha sumado apenas tres puntos de doce posibles. No ha perdido, es cierto, pero tampoco ha ganado. Y aunque la mejora defensiva es evidente —líneas más juntas, un bloque más compacto, menos errores individuales—, la ausencia de pegada en el área rival ha convertido cada encuentro en un ejercicio de impotencia. El balón circula, el equipo genera ocasiones, pero el marcador permanece inmóvil. El fútbol premia a quien marca, no a quien lo intenta.
Desde aquella victoria en Murcia, la red contraria parece haberse cerrado con candado. Los delanteros buscan, los mediapuntas acompañan, los laterales llegan, pero el desenlace siempre es el mismo: el balón que se va rozando el poste, el portero que adivina, o el disparo que se pierde entre piernas. Y mientras tanto, los rivales suman. Cada jornada sin gol es una oportunidad perdida, un punto menos de confianza, un paso más hacia la ansiedad.
El aficionado empieza a impacientarse, y con razón. En un campeonato tan ajustado, donde una victoria puede cambiar la dinámica y un tropiezo puede hundirla, la falta de gol no es sólo un problema estadístico: es un síntoma de bloqueo, de falta de confianza y de cierta fragilidad emocional. Si el balón no entra, las dudas crecen; si las dudas crecen, el juego se resiente.
Este domingo, en Can Misses, el Ibiza afronta un partido que puede marcar tendencia. Llega un rival recién ascendido, pero ambicioso, segundo clasificado con siete puntos más que los celestes, y con el hambre propio de quien todavía juega sin miedo. Su portero, el argentino Juan Flere, ha encajado 13 goles en 12 partidos y sólo ha mantenido su portería a cero en tres ocasiones. Las cifras dicen que se le puede marcar. La pregunta es si el Ibiza será capaz de hacerlo.
Porque de poco sirve dominar, generar o resistir si al final el marcador sigue clavado en el 0-0. Un equipo que no encaja, pero tampoco marca, vive en el limbo: no sufre, pero tampoco disfruta. Y en el fútbol, quien no gana acaba perdiendo tiempo, puntos y fe.
Ha llegado el momento de transformar el orden en ambición, la corrección en efectividad, la solidez en determinación. El Ibiza ya aprendió a defender; ahora debe aprender de nuevo a ganar. Porque sin gol, en este deporte, no hay paraíso.