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Gallar y el peso de dejar huella

La UD Ibiza despide a Álex Gallar, un futbolista tan determinante como controvertido, cuyo paso por el club deja cifras, momentos decisivos y una huella emocional difícil de borrar en la memoria de la afición celeste.

Gallar y el peso de dejar huella
Opinión

Hay salidas que se anuncian con un comunicado y otras que se sienten como un silencio incómodo en la grada. La de Álex Gallar pertenece a las segundas. Porque Gallar no fue un jugador más en la UD Ibiza. Fue carácter, fue talento, fue contradicción. Fue, sobre todo, un futbolista que obligó al aficionado a posicionarse, algo cada vez más raro en un fútbol donde demasiados pasan sin dejar huella.

Los números, fríos pero justos, lo colocan ya en un lugar destacado de la historia reciente del club: más de ochenta partidos oficiales, presencia constante en el once y una aportación goleadora que lo sitúa entre los máximos anotadores celestes. Pero reducir a Gallar a una estadística sería injusto. Su verdadero impacto estuvo en los partidos que se rompen con un gesto técnico, en las asistencias imposibles, en los goles que cambian estados de ánimo y en esa sensación permanente de que algo podía pasar cuando el balón pasaba por sus botas.

Fue uno de los pilares del Ibiza tras el descenso de Segunda División. En una temporada de reconstrucción casi total, Gallar asumió galones cuando el proyecto necesitaba referentes. Aquella primera vuelta memorable en Primera Federación, con el equipo compitiendo como un aspirante real, no se explica sin su influencia. Ni tampoco sin sus claroscuros. Porque Gallar fue tan brillante como vehemente. Tan decisivo como protestón. Un futbolista que vivía cada acción con el pulso acelerado y que a veces confundía liderazgo con exceso de gestos, algo que terminó pasando factura tanto dentro como fuera del campo.

El paso del tiempo y los cambios de contexto hicieron el resto. Nuevos entrenadores, nuevas exigencias, lesiones inoportunas y una temporada actual marcada por la inestabilidad acabaron alejándolo del protagonismo. Cuando un jugador acostumbrado a mandar deja de sentirse importante, el desgaste es inevitable. El choque final con el nuevo cuerpo técnico no fue tanto una sorpresa como el desenlace lógico de una relación que ya no encontraba su sitio.

Y aun así, sería injusto que el recuerdo de Gallar en Ibiza quedara reducido a sus últimos meses. El aficionado celeste debería guardar también en la memoria aquel gol en el derbi, la asistencia que levantó a Can Misses, los partidos en los que, sin estar bien el equipo, él fue el único capaz de cambiar el guion. Porque Gallar nunca fue indiferente. Y eso, en el fútbol, es un valor.

No logró el ascenso para el que llegó. Es verdad. Pero tampoco se escondió cuando el balón quemaba. A veces acertó, otras no. Como el propio Ibiza en estos años de ambición, frustración y aprendizaje.

Hoy Gallar se va y el club sigue. Como siempre. Pero deja algo más que un hueco en la plantilla: deja debate, memoria y una sensación agridulce difícil de borrar. El tiempo, como casi siempre, será más justo que la urgencia del presente.

Gracias por el fútbol, por lo bueno y por lo incómodo. Suerte en el camino. Porque los jugadores que no dejan indiferente, al final, siempre terminan siendo recordados.


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